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REPÚBLICA POR A COLUMNA

  REPÚBLICA Tengo el alma tricolor y la cintura ceñida de Justicia.   Ahogando las voces prendida,   buscando voy ¡¡¡la libertad!!!   ¿Cuando volverá   el tiempo perdido?   En los campos enterrado el silencio   gritado callado vuelve ahora,   a ser trigo.   Semilla   en dignidad   amparada verdeará,   en mil colores teñida.   Rojo,   Amarillo y morado ondean   en el horizonte,   nuevos y jóvenes   brazos.   A. COLUMNA REPUBLICANO Llamadme republicano Llamadme Llamadme entre los bosques y los claros   Llamadme republicano Llamadme   Con la voz de la zarza Que por fin atenaza al amo Con la temible acción del agua Sobre mi rostro ahogado   Llamadme republicano Llamadme entre clarines y trompetas Llamadme entre los alisos de mi osario Que mi corazón de niño Estallará en todas las manos Porque mi intención es franca Desde todos los tiempos de mis actos   Llamadme republicano Por aquellas que murieron y mataron Entre estertores heroicos Y dolores inhumanos   Llena su mirada de amor Por igual

ABRIGARSE, CUBRIRSE, VESTIRSE. NUEVOS PENSAMIENTOS SABIOS DE UN FILÓSOFO.

  



ABRIGARSE, CUBRIRSE, VESTIRSE

Las acciones de los seres humanos traen causa de las necesidades del cuerpo, de los deseos del pensamiento, o de una mezcla de ambas, siendo a veces difícil precisar de donde provienen. 

Nuestra relación con la ropa sirve para ponerlo de manifiesto. Se encuentra plasmada en el Génesis, donde Moisés simboliza el origen del hecho civilizado como nadie lo ha hecho.

Si imaginamos en pleno invierno a un muchacho o a una muchacha llevando un pantalón con un roto hecho a propósito, vemos por una parte que el pantalón le permite resguardarse del frio, y de otra, que los rotos hacen todo lo contrario, porque el pantalón le sirve tanto para abrigar el cuerpo como para vestir su pensamiento.   

A su vez, si hacemos lo mismo, pero ahora en pleno verano, en un día de calor insoportable, es dable pensar en relación al clima, que ambos podrían ir desnudos, sin embargo, siguen usando el pantalón, ya que en el mundo civilizado a nadie se le ocurriría ir desnudo; porque la ropa sirve, aparte de para abrigarnos y para vestir, para cubrirnos el cuerpo.

El abrigarse pertenece al mundo natural, a  nuestra relación con él, y es igual en todos los ámbitos del acontecer de los seres humanos. El cubrirse pertenece a la sociedad, a la moral,  y se encuentra relacionado con la individualización y con la propiedad; en principio de una determinada mujer u hombre que, a diferencia de la tribu, donde todos comparten el sexo en promiscuidad,  lo hacen bis a bis excluyendo a los demás, y con ello, los frutos carnales y materiales producidos en la relación. Finalmente, el vestir, al pertenecer a la mente, se encuentra vinculado a lo individual. Si bien, dicho comportamiento proyecta hacía los demás nuestro vínculo social, cuando por ejemplo, un joven o una joven, desean mostrarse a impulsos de su necesidad de atraer al sexo opuesto, o en sentido general, mostrar una determinada posición social. 

Resulta por otra parte paradójico, que vivamos determinados por estos elementos de orden natural y/o mental, y no sepamos distinguir de donde provienen. De esta forma, por ejemplo, en el caso que nos ocupa, parecería que le pertenecemos a la ropa en lugar de ella a nosotros. E igual sucede con el resto de los objetos.




JMC



AMAR LO VIVO

Cuando ves a un niño, a excepción de los tuyos o de los que conoces, recuerdas después a todos los niños. Sin embargo cuando la haces a un adulto solo puedes recordarlo a él. Porque la inocencia es la vida que se posa y es de todos. Mientras su falta es de cada uno. Al igual de la luz es de todos y la ceguera es solo de ella.     

La inocencia es la vida, y como ella es instantánea. No tiene antes ni después; ni miedo pensado, solo el que percibe. Igual le sucede a todo lo vivo, excepto a los humanos, que vivimos en muerte pensada, adelantada, que nos mata mil y una vez con el pensamiento antes de que el  morir nos mate una sola. 

Por eso el maestro le decía a sus apostales: dejad que los muertos entierren a sus muertos, y por eso amo sin necesidad de proponérmelo a los niños, a las plantas y a los perros.


JMC







BOHEMIA


La bohemia del cuerpo se termina o te termina. A mí me gustaría serlo del espíritu, pero no sé exactamente lo que es, como todas las cosas que pertenecen a lo que no se ve. Aunque no es menos cierto que los bohemios del cuerpo tienen algo de los del espíritu y viceversa.  Tal vez porque busquen la misma cosa.

Dicen que es como una borrachera de no se sabe qué que, te hace salir de ti y te permite estar en todos los sitios a la vez. Que consiste en viajar a mundos siempre limpios sin saber en qué consiste esa limpieza. Y que no se puede explicar sino sintiéndolo.

Si me sonrieran siempre los niños, los ancianos y los perros; si amo de la vida hasta el dolor; y ver amanecer aunque me quede dormido, y pudiera amar sin palabras……., no tendría dudas de serlo.



JMC








RESPETO

Dice el diccionario de la lengua española del amor, que es un sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae. Sin embargo la definición más acertada en mi opinión, se encuentra en una frase de Confucio: amar es amarlo todo.

Necesitamos con el cuerpo para suplir las necesidades del cuerpo, y deseamos con la mente para suplir las de esta. Pero mientras la necesidad se satisface con el acto que la atiende, por ejemplo si tenemos sed y bebemos agua; el deseo no lo hace nunca porque se encuentra vinculado a lo universal. Por dicha razón los conceptos encerrados en los verbos de los que se alimenta, se conjugan en infinitivo (amar, tener, beber, querer, etc), o sea en infinito, y solo realizándolos se colmaría aquel. Simbólicamente si bebiéramos un agua que nos quitara para siempre la sed, desaparecería el deseo junto al verbo, al concepto, y al pensamiento de los que trae causa. 

Es por ello que lo que “no se ve” nunca puede ser satisfecho con lo que “se ve”, aunque nos empeñemos en acaparar un objeto detrás de otro. Tampoco el realizar una acción o una actividad detrás de otra, como no sea para darnos cuenta de que no son suficientes, porque somos “todo”. Un estado instantáneo que contiene el sentir del universo. 

Amar es amarlo todo, como algo sentido, como el sentir esencial. Por eso el pensamiento no puede amar, como tampoco puede hacerlo porque no es instantáneo al crear distancia entre el que piensa y el pensado; y al ser parcial, tampoco puede abarcar lo universal. 

Mientras tanto debemos conformarnos con el respeto, que es amor del pensamiento. Solo él se no puede exigir porque el amor no nos pertenece.



JMC


DE VUELTA A LISBOA

Las personas y las ciudades son nuestro afuera, pero mientras los hombres  solo pueden envejecer, las ciudades se atrasan o se adelantan haciéndose más viejas o más nuevas. Por eso cada uno tiene la suya con la que se coincide. La mía es Lisboa de la que siempre espero mi memoria de ella.

Entre una marea de viaturas (coches) a veces parados, a veces en movimiento, me desplazo por la autopista hasta divisar el rojo metálico de las vigas del puente Salazar o vinte cinco de abriu, su nombre actual, con el que me identifico pronunciado en portugués, que es identificarme con el idioma portugués, con Portugal. Los otros, los nombres, aunque no lo parezcan, son menos esencia y más anécdota. 

Al cruzarlo me invade la misma sensación de seguridad de siempre. La seguridad de la vista: la de la altura dominada por el rojo de las vigas remachadas; por la inmensidad del acero que se superpone a la del vacío; y la de los oídos al escuchar el sonido metálico científico y continuo que producen las ruedas de los coches al circular sobre las rejillas de metal. Y en esa seguridad civilizada contemplo la inmensidad difusa del azul ceniciento del agua abarcándolo todo, y al fondo, los tejados rojizos siempre elegantes, refinados, y fríos, sobre edificios que en la distancia parecen inmaculadamente blancos aunque no lo sean.

Al adentrarme en la ciudad, el acueducto del Marquéz de Pombal que ya se divisaba a lo lejos, se hace más evidente, aunque siempre me pareció ajeno, como un añadido a Lisboa, como si no fuera ella. Tan ajeno que no lo vuelvo a ver aunque lo vea,  cuando al llegar a Belem coincidiendo con mi memoria se hacen otra vez “yo”: la arquitectura gigante y horizontal de los Jerónimos; la claridad leve de un cielo inmenso que parece escaparse en busca del azul del mar que se adivina en la línea horizontal del Tajo;  el bullicio de las gentes: los orientales de oriente; los indios de la India; los pretos (negros) del África o del Brasil; todos iguales en la apariencia, pero todos diferentes a un portugués de Macao, de Goa, o a un preto de Lisboa. Y así, caminando entre ellos, diviso el estadio del Belenenses al lado del cementerio que insinúa o esconde, y a los turistas de siempre, a los que juzgo sin quererlo ignorantes porque lo parecen: ignorantes por ver con una cámara en vez de con los ojos; de destruir el instante con una foto; de recordar con una fotografía en vez de con la mente; y de creer que somos de algún sitio, al traerse a su país, a  su ciudad o a ellos mismos, y no ser allí Lisboa.

De camino a la pastelería “Pasteis de Belem”, Lisboa se convierte en una postal donde los colores rosa amarillo y azul de algunas casas aisladas, se combinan con sus tejados rojizos dándole un aire de elegante pueblo inglés. Una sensación que se  desvanece en el chao (suelo de pequeños adoquines) incrustado de vielas (vías) mientras las sigo en la memoria hasta las cuadradas geometrías de las plazas del centro, para verlas ascender hacia los barrios altos entre calles empedradas de nombres sugerentes, y bullicio de gentes sin rostro. 

Al entrar me reciben un mostrador de caoba y cristal, varias figuras de pie a su alrededor, y otras apoyadas en los salientes de las estanterías  apurando diminutas tazas de café, que me parecen como suspendidas en el aire cuando me dirijo distraído hacia el interior, adonde al recorrer el espacio de caverna azul de la confitería, encuentro las mismas caras de afuera solo que sentadas y más juntas, a las que miro y me miran como por acto reflejo. Algunas de esas miradas se quedaran en mí, seguramente respondiendo  a una sensación que se repite, como si la que  fue las hubiera elegido para formar parte de un único recuerdo.                                                             

Ya en el interior, sentado en una mesa y una silla que no son nuevas ni viejas, feas o bonitas, sino siempre las mismas, pido lo de siempre a los camareros que solo tienen un rostro diferente a los que recuerdo. En lo demás son idénticos, sobre todo en el gesto. Un gesto educado y a la vez displicente, destinado a mantener la misma correcta distancia entre ellos y la gente. 

Mientras espero, me fijo en el rostro achinado del camarero ya mayor que nos sirve, y en sus ojos escondidos detrás de unas gafas que le llegan a la mitad de la nariz. Y también, tal vez  por su  belleza, o quizás por el cansancio que reflejan fruto del trajín de todo el día, yendo y viniendo de mesa en mesa, en una camarera de mediana edad, color mulato, y rasgos blancos. Y al verlos, siento, de una manera inconsciente, como se siente, una mezcla de pena y de satisfacción de no ser ellos, porque en la intimidad de mi pensar pienso, que nadie debe servir a nadie, y el camarero sirve dos veces en el mismo gesto: al patrón y a su cliente. Ahora, en una reflexión endulzada por el tiempo, no trasladada del todo  al sentir aunque lo intento, juzgo a las profesiones por la felicidad que proporcionan o por el  daño que no producen.

En medio de esas cavilaciones, mis ojos, ellos, se fijan en los rostros de alrededor. Esos rostros de Belem de todos los sitios, ahora globales. E imagino, al pronunciar esa palabra, un globo terráqueo transparente y poco definido que da vueltas sobre algún punto interior de mi cerebro, siempre por detrás de los ojos. Lo que me permite ver dos veces al mismo tiempo: las imágenes de afuera y la esfera. Esas imágenes son para mí lo global, y un flash de rostros de colores junto a un chino y a  un negro conviviendo en algún espacio oscuro de mi mente.

Por fin llegan las natas. En Portugal todo es devagar (pausado), tanto, que les ha dado tiempo a convertirse en algo más: en el tiempo que tardan en hacerse; en los pensamientos que he pensado mientras se hacen; en las miradas de adentro y de afuera; en un pastel chino que sabe a ella; en la India y en Ceilán de la canela que llevan; y en darme cuenta  una vez más de que lo importante no son los pasteles, sino las otras cosas: la sonrisa del niño de la mesa de al lado; o una “bica”, esa maravillosa tasita de café corto y espeso del color y el sabor del África, del Brasil, y del arbusto que crece en el desierto arábigo. La mezcla justa dicen los expertos que son casi todo el mundo en Lisboa. ¿Cuál es esa combinación? le pregunté un día a mi amigo Joaquim Duarte Silva: la que cuando la paladeas es capaz de arrancarte de ti por un momento y llevarte a los labios, a ella. Nada es verdaderamente bueno si no te convierte en él, me dijo.

Ate sempre, me despido de la camarera y de su sonrisa que me acompaña en la mente y se pierde  entre mormullos y azulejos hasta el mostrador de cristal y madera antigua, para desaparecer de repente en la claridad de las ruas (calles) de Belem.

Lisboa, como todas las ciudades, se muestra en postales de una sola dimensión; las que se compran en las tiendas. También cada uno tiene las suyas de tres dimensiones en la memoria. Una de las mías tiene que ver con la parada del autobus veintiocho en la Praça Afonso de Alburquerque, aunque en realidad la forman cuatro: en la primera, mientras lo espero, aparece la plaza en perspectiva bañada en luz; detrás, insinuados, el color verde del jardín y el cauce del Tajo; delante, las paredes rosas del edificio de la marina guardado por un soldado de época vestido de azul; y a la izquierda surgiendo de un suelo empedrado surcado de vías, la imagen de una pequeña caja de madera amarilla movida por ruedas metálicas, donde destaca el faro circular del centro mientras se acerca. A esa imagen compuesta le siguen otras, instantáneas: el aire surcado por leves cables; la gordura de los edificios grises del lado de Lisboa interrumpida por el amarillo de un bus camino de Belem; y por fin, el cartel con el número veintiocho, el de la baixa*, que apenas distingo en la distancia, y confirmo sobre el cristal delantero a pocos metros de detenerse. Esas postales se repiten siempre como si las hubiera comprado en la memoria, formando un decorado permanente en el que se van incorporando las personas con las que converso. En una de las últimas aparece sentada en la parada, una viejita de porte distinguido quejándose de la ignorancia del hombre del tiempo, que ha pronosticado un día fresco en una mañana de calor insoportable en Belem,¡a veintinueve  grados a la sombra¡. O tempo é só de Deus, ¿nao é verdade senhor?; é, le respondo, y para seguir la conversación, aunque en poco más de veinte minutos estaré allí, le pregunto si han terminado ya las obras de la plaza de Comercio. Su respuesta no me sorprende; todo dura más en Portugal: las palabras, las distancias, y hasta el tiempo: Eu nao sé senhor, nao vou por lá do tempo de Salazar (no puedo decirle señor, no voy por allí desde los tiempos de Salazar).

* Márgenes del Tajo, parte baja de la ciudad donde se encuentra el puerto. 

En el interior del bus: el color de las postales; la figura resumida de la anciana; y su voz que ya son “yo” en mi pensamiento, dejan paso a un espacio alargado de plástico gris y miradas esquivas, que se desplaza por la avenida da India alternándose con las imágenes fugaces y las claridades de afuera, mientras la gente baja, sube, se dispersa y se mezcla, distrayéndome en las paradas de Santos,  Sodré, o Alcántara.

Casi sin darme cuenta me encuentro ante el inmenso rectángulo de la Praça de Comerçio, que parece prolongarse en las aguas azuladas del Tajo, y a paso lento, al atravesarla, imagino los antigos cais (muelles)  llenos de oro y de especias, mientras el aire se inunda de luz que se filtra y se matiza en los edificios rectos y afrancesados de las calles del centro, en medio de las sonrisas de las gentes, que ya no me parecen turistas aunque lo sean, cuando otra vez sin darme cuenta, me dejo arrastrar calle arriba por la rua do ouro o da prata, y miro, como se mira la primera vez: los mismos escaparates; los mismos cafés; y los mismos rostros fugaces, que repiten la misma sensación de tierras extrañas y viajes ultramarinos guardadas en mi mente; mientras camino en medio de una multitud que se dispersa al desembocar en Rossio en medio del color verde de sus fuentes.

En una liturgia repetida inicio el camino a la inversa, hacia el Chiado, el barrio alto. De pasada me encuentro con el elevador. Un gigante de hierro escondido entre las calles, del que casi nunca me acuerdo porque casi nunca lo veo, y al subir por la rúa que dicen de Almada: la claridad me parece más tenue; los escaparates más elegantes; y los turistas más refinados; hasta que al pasar paseando por la acera de enfrente, miro de soslayo la fachada verde del café a “Brasilera”, y al gentío que se arremolina al sol en sus veladores junto al busto adivinado de Pessoa, que me hace recordar una frase suya grabada en los servilleteros de los cafés de todo Portugal junto a otra de Camoens. Una frase que es él: “habera algo mais verdadeiro quê ser um entre a multidao”,  y la comparo con la otra: “habera algo mais verdadeiro que cantar sem música”, que no sé si es Camoens pero me lo imagino. Como tampoco sé si fueron escogidas por su belleza, o para evidenciar la naturaleza de dos espíritus contradictorios que son a la vez de Portugal y del mundo: la tristeza satisfecha de la soledad acompañada de Pessoa; y la alegría de vivir de Camoens.      

De camino a la parada del eléctrico (tranvía) de Alfama, el veintiocho, me acerco al kiosco de la rúa Garret para comprar un jornal de futebol, donde espero sin impacientarme las conversas entre la dueña y los clientes, a las que me incorporo con mi aprendida calma portuguesa, a la que no le importa perder el tranvía que veo pasar calle abajo: no se fíe usted senhor ella tiene la culpa de la crisis, por si no lo sabe guarda el dinero en Suiza, ¡ahí donde la ve!. ¿É isso verdade senhora?, le pregunto sonriendo y ella me responde con ese humor portugués del que tanto gosto, claro que é verdade, nao me vê.  

El amarillo se mezcla con el color de la madera; con las miradas alegres y cómplices de compartir lo bello y lo extraño; con el olor que debe ser el del hierro, el del metal cuando  fricciona, o el de la electricidad al chocar con los cables; y  todo, con el sonido del deslizar continuo, hasta crear un mundo de adentro que se desplaza por otro de afuera, hecho de rostros fugaces; edificios anacrónicos; y calles empedradas bañadas en sombras;  que desciende con las vías en busca de la luz de la baixa,  que acaba   introduciéndose por los ventanales entre visiones fugases da rua do ouro o da prata, con la praça do Comerçio al fondo, o el gris azulado e imaginado del Tajo. 

Al subir la cuesta rumbo a Alfama, la luz va perdiendo el brillo, los sueños, y el impero, para dejar paso al gris. Todo se hace más viejo; más entrañable y más real; más Portugal: el de la intimidad del espacio íntimo y denso de las casas de pasto*, donde imagino a Pessoa saboreando una sopa de verduras al abrigo de una de esas noches oscuras de Lisboa,  ausente y solo como un jubilado de ahora. Una sensación que olvido al pasar por Santa María, la verdadera catedral de Lisboa, más pequeña y acogedora que la inmensidad de los Jerónimos, la catedral de los sueños, la del imperio, mientras no sé porque razón, reflexiono sobre la relación sinalagmática (de igual a igual) entre la Iglesia Católica y Portugal, y la comparo con la que ha mantenido con España, casi siempre a favor de ella.

Son más de las tres en Alfama, y a esa hora ya no se almuerza en Portugal. Por eso me apeo del tranvía para dirigirme al primer restaurante o casa de pasto que encuentro. Con tono de favor, consciente de que casi lo estoy pidiendo, le pregunto a la dueña si puedo comer. Poose, poose….. me responde con una sonrisa, y aunque no hay nadie salvo una anciana que debe ser como de la casa, y el restaurante es muy pequeño, apenas una habitación con un mostrador y cinco o seis mesas, le pido permiso para sentarme en la de la esquina. 


* Casa de Comidas. 

Como siempre la comida es buena, y como siempre me encuentro relajado, como en familia. ¡Qué calor hace¡ afirma la señora anciana que reparte su mirada entre el televisor y yo, mientras la dueña despacha cerveza a clientes que entran y salen incorporándose a la conversación. Es que ya somos viejas le responde la dueña. Es verdad cuando estaba en Angola hacía mucho más calor pero lo llevaba mejor, ahora todavía me dan más pena esos pobres hombres de la mina, ¡no sé como lo podían soportar!. ¿Estuvo en Angola* señora?, le pregunto. Si, trabajando en las oficinas de una mina de diamantes, me responde. Así transcurre no se cuanto tiempo, cuando un señor enano del que no me había percatado, se nos acerca preguntándome por la edad después de saludar  a la dueña y a la anciana a quienes parece conocer. Mas o menos la mía, me responde al contestarle yo. A nuestra edad ya nos duele todo; ¿nao e verdade senhor?. Al levantarme los huesos me hacen crak crak, menos mal que todas las semanas voy a la fisioterapía pero salgo peor, continua entre sonrisas picaras que se convierten en carcajadas cuando le pregunto el porqué….. ¡porque as enfermeiras me dan ums massagens tao bonsss¡. Después de reírnos me pregunta por mi  nombre y yo por el suyo: To, meu nome é To me responde. El nombre es tan exacto, tan pequeño, tan expresivo, tan él, que dejo de tomármelo a broma, y aunque lo respeto y le tengo cariño, pienso desde la reflexión, fuera de ridículos perjuicios y paternalismos, en su valor como hombre que es el valor del nombre que se puso. 

* Alfama está llena de jubilados procedentes de las excolonias que reparten su vida y su pequeña pensión entre las casas de comidas y su habitación.

Un valor que se acrecienta cuando en  tono  de  broma por lo de los masajes, lo acuso de ser un maluco, una especie de pícaro a la portuguesa, que lo es menos. Y  él me pregunta si he conocido a alguien que no lo sea: que no lo haya sido alguna vez no, le respondo, contestándome él sin pensar: é por isso que eu o sou e fico contente de selo, nao engano a ningém. (por eso yo lo soy y estoy contento de serlo, no engaño a nadie). Me despido con el recuerdo de la sonrisa de To diciéndome que vale más un mal amigo que un buen cigarro, después de haberlo tirado para entrar al local y así poder darme un abrazo; la sensación de que ya los conocía, que los conozco a todos desde siempre; y la de saber que  volveré a encontrarlos, aunque no los busque, cuando Dios quiera. 

Con esa saudade me dirijo al mirador de Alfama para retomar el eléctrico veintiocho, y mientras lo espero diviso la playa de tejados rojizos que el azul del Tajo baña en la lejanía, cuando de nuevo en el tranvía, vuelvo a sumergirme en el tobogán de arriba y abajo con los colores, los olores, las viejitas, y los niños, colándose por las ventanillas junto a esas casas de Alfama que se mueren a pedazos para renacer después, como los  hombres. 

Sentado en uno de tantos veladores de la baixa, no sé si en la calle del oro o de la plata, me distraigo para adentro pensándome, o para afuera mirando a los perros que solo son diferentes cuando los lleva alguien.    O analizando un rostro de mujer o de vadio (vagabundo); a un niño blanco o a uno negro que enseguida vuelven a su color que es ninguno cuando los siento; o a su idioma que son todos, como el de los viejos. Y así continuo ensimismado, cuando de repente me fijo en una mujer extraña: gruesa, y ciega, quien sentada en una esquina pide limosna sin premio, con su cajita de madera a cambio de una canción camponesa (del campo), que repite y repite con voz aflautada, a la que dejo de prestar atención al acostumbrarme. Al cabo de un rato se levanta, y al darme cuenta, me dirijo hacia ella pensando que se encuentra en desventaja porque se pide con las manos, pero sobre todo con los ojos, como lo hacen los perros, y agradecido por su canción. Y como no me gusta que nadie me dé nada, le ofrezco a cambio unas monedas que ella introduce por la ranura de su caja, mientras me mira sin verme y me sonríe con una sonrisa espontánea.

Acompañado por la dulzura de su sonrisa, desciendo por la rúa del oro rumbo a la última parada del día: la del bus de Belem, el veintiocho otra vez. Mientras camino, el sol se está poniendo y todo se vuelve más gris y más sombrío, aunque todavía, entre el cansancio; la confusión de las gentes sin rumbo; y los comercios casi vacíos; me fijo sin detenerme en un perro pequeño con un cartón escrito en la boca pidiendo para su dueño. Un hombre joven más viajero que pobre. Esa imagen grotesca me desasosiega, porque intuyo, siento en ella, un destello de nuestra locura.  La proximidad de la trasgresión esencial: la de un animal obligado a hablar. 

Llego a un Belem casi vacío de luz y de turistas, donde ya solo me preocupa ver si está el coche que aparqué por la mañana hace casi mil años; porque el tiempo en Portugal no pasa. Y una vez adentro, llegar al puente Vasco de Gama por las avenidas que corren junto al río entre una marejada de viaturas (coches) que regresan de poniente, rumbo hacia el Portugal de la paz , las aldeas y el devagar (la tranquilidad).

Al dirigirme hacia él por la Avenida Dom Enrique, van quedando atrás el color ocre que el ocaso le pone a Comerçio, y el azul celeste de la estación de Santa Apolonia, mientras observo por la banda del río las grúas y los cargueros amarrados al muelle; y por la de tierra los barracones  a los que imagino llenos de sacos de café, de cacao, o de azúcar  oliendo a mercancías ultramarinas de otro tiempo. 

Esas sensaciones se desvanecen en el gris metálico y futurista de los altos edificios de la exposición universal que voy dejando atrás para adentrarme en la maraña de estradas; pasos subterráneos; y grandes carteles azules, hasta desembocar en la línea ondulada del puente que se pierde en la lejanía convertida en una autopista sobre el agua. Por ella circulo entre vehículos y una sucesión de postes, mientras observo de soslayo la inmensidad plateada del río envuelta a lo lejos en el reflejo anaranjado del poniente, donde se adivina el rojo del otro puente; algún barco fondeado; y entre la bruma, la visión más imaginada que real, de las casas blancas y los tejados rojos de Lisboa, precipitándose hacia el Tajo desde una ladera verde.


JMC



  


ALGO SOBRE LA PALABRA

La palabra, que lo encierra todo en lo humano y a la que describir sería como decirlas todas y en todos los idiomas, solo puede dar lugar a un comentario por encima, a decir algo, que siempre parecerá impertinente o ridículo.

De ella puede pensarse, y pensamiento es, que va por detrás o por delante de la vida, que nunca le coincide, y que al surgir es deseo del vivir que se fue o no llegó,  porque es vivir que se piensa, o sea vivir y algo más, un algo que aparece como suspendido en espera de concretarse, de que lo hagamos, un algo que aspira a ser definitivo. 

Quizás, ese algo que hace que la vida se nos escape consista en el deseo de convertirla en nosotros, de superponernos a ella, y en ese tiempo que nos lleva interpretarla, incorporarla, ya se nos ha ido un paso por delante o por detrás, algo así como conjugar un yo quise, quiero, o querré.

Aún el grito, la palabra del dolor, llega tarde o se adelanta, expresa lo que se sintió o el miedo de sentir, e igual le ocurre al silencio al ser la expresión de un pensamiento no dicho, de un “yo” que espera mientras se engaña o se olvida con otros sonidos a los que inmediatamente traduce e incorpora. Por eso decimos que el silencio se escucha cuando al prestarle atención lo pensamos como ausencia de  sonidos, y si no lo escuchamos,  nos oímos el pensamiento, que es oír nuestra voz en y con la mente sin palabras externas, las que se oyen con los oídos.


No hay silencio, es falso, el silencio es la ausencia del “yo”,  del deseo, del pensamiento, de la palabra, y solo puede darse sin, o fuera de nosotros. Tampoco en el dormir donde sueñas, porque lo recuerdas y el recuerdo se escucha, y ni tan siquiera en el dormir sin sueños porque no te das cuenta.  


JMC

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