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UN POEMA ES UNA FLOR


 POESIA


Un poema es una flor escrita. Su semilla que el viento arrastró de acá para allá, se posó en mí como en la tierra, porque sí, creciendo con la vida de afuera hasta germinar haciéndose yo y nacer al escribirla siendo a la vez música y ella. 

Fuera es una flor especial, como el dolor o la alegría que se piensan y son por eso menos dolor y menos alegría, hasta que se lloran o se ríen para que todos la oigan.    

Dentro se hubiera marchitado, transformada en dolor, el material del alma, para alimentar a otra flor y nacer con ella o quedarse conmigo para siempre convertida en yo.

Esas flores que son los poemas, están hechas de los pétalos de las palabras y del color de la vida que las alimentó: negras como las campanas negras, azules y añiles como el mar, marrones como la tierra,  o del color de la luz o del aire. Huelen a la música de sus rimas y sus espinas producen un dolor indefinido y extraño que se clava y se confunde con el placer.

 


JMC


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DE LA ENSEÑANZA

Tengo la certeza de que los hombres cuando tenemos hijos nos hacemos un poco padres de todos los jóvenes y de que la maternidad produce el efecto contrario en las mujeres. Tal vez se deba esto a una serie de elementos de orden fisiológico, cultural o social que nos impelen a ser maridos de todas las mujeres y a ellas a ser solo madres de los hijos que tienen.

Este pensamiento, ya viejo, me viene a la memoria al recordar una experiencia reciente con un grupo de jóvenes con los que intenté intercambiar sin éxito algún parecer simple, lo cual me dejó la desconsoladora impresión de estar hablando con una especie de “zombis culturales” o de “analfabetos dialecticos”, hasta el punto de parecer estar fumados sin estarlo, como si su realidad les hubiera dejado ya sin capacidad alguna para razonar. 

Quién es el responsable de esta ignorancia, me pregunto: nosotros los padres; los que cobran por educarles; el ambiente socio cultural en el que se desenvuelven nuestros jóvenes o la terrible España que ha pasado del miedo a la ignorancia, lo cual me hace pensar en aquella premonitoria  frase que apareció escrita en la paredes del palacio del virrey del Perú el día que siguió a la noche de fiesta donde el libertador Bolívar celebraba su conquista: “último año de despotismo y primero de lo mismo”.

¿Dónde quedó la enseñanza liberal, porque liberal era, no social, representada por la Institución Libre de Enseñanza? ¿Donde la enseñanza de los maestros de las aldeas, de los pueblos, o de los barrios populares que amaban enseñar más allá de su profesión, de su condición de profesores? Dónde la enseñanza para educar en “valores”, si solo existe la idea del placer en cualquiera de sus formas o lo que es lo mismo de pasarlo bien a toda costa. 

Y a todo esto, donde quedó la enseñanza que en el siglo XII preconizaba el cordobés Maimónides al afirmar que la costumbre y la educación basada en perjuicios dificulta la verdadera comprensión y que es necesario enseñar a los jóvenes desarrollando su inteligencia potencial a fin de prepararlos para el sistema basado en pruebas y argumentos lógicos, ora enseñándoles, ora incitándoles a que “se instruyan a sí mismos”, de forma que se impulse en ellos el entendimiento y la rápida percepción, estos es “que tengan pensamiento propio”.

En definitiva, como puede no dolernos el fracaso colectivo de nueve siglos de atraso.


JMC


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