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¡QUIERO LAS FLORES EN VIDA!

En estos días el que más y el que menos tiene a alguna persona querida que falleció y que para recordarla y honrarla le lleva flores al cementerio. Desde mi más profundo respeto a todas esas personas, yo prefiero regalarlas en vida. Muchas veces le repito a mi hijo que en mi funeral no quiero ni una flor. Cada vez que acudo al tanatorio y veo tantas coronas con dedicatorias, con mensajes cargados de emoción y agradecimiento, me pregunto si serán sinceros, o es puro acto social y apariencia . Ciertamente muchos mensajes salen del corazón, pero otros dejan mucho para reflexionar. Seguramente todos conocemos casos d e familias que no se hablan en vida y cuando un familiar fallece, todo parece perfecto, como una excelente interpretación teatral que tiene que representarse para el público, y cuando el funeral termina, se vuelve a la realidad, a las discusiones. Sí, a mi me gustan l as flores en vida . Tengo mi jardín lleno de rosas qu...

CONFORMARSE POR J.M.C.



 CONFORMARSE 

Hablan los portugueses de destinos adelantados o atrasados. Estas frases contienen una declaración de mesura en relación a la vida; la de una línea imaginaria de armonía a partir de la cual aquella aparece como a destiempo, antes o después de lo que en cada momento debe ser. 

Así, un “destino adelantado” supone, por ejemplo, que un joven viva experiencias que no se corresponden con las que debe tener a su edad, para las cuales no se encuentra ni mental ni físicamente preparado, y pueden acabar por destruirle. Mientras “los destinos atrasados” tienen que ver con las experiencias que a una determinada edad se deben haber tenido y sin embargo  no se tienen. 

Reflexionar sobre ellas, que es hacerlo sobre el “equilibrio” o el “término medio en el vivir”, es tan profundo, complejo y relativo, que resulta imposible obtener una respuesta; porque a mi parecer, teniendo en cuenta la influencia del medio, cada persona nace con una determinada inclinación y  con la necesidad de tener las experiencias que le permitan colmarla. Y si a esto le unimos la aspiración universal de nuestra mente, dirigida en último término a la inmortalidad, o/y a “la eterna juventud” que el cuerpo es incapaz de proporcionarle, llegamos a la conclusión de que ese equilibrio resulta en principio imposible; cuando a mayor abundamiento, a diferencia de antaño, la ciencia nos ha dado la esperanza íntima de que “todo” lo es. 

Esta realidad nos hace rebeldes e inconformes con nuestro estado, sea cual sea. Los jóvenes, aunque parezcan conformarse con la realidad virtual de las imágenes de las cosas, permanecen como seres atolondrados, y al darse cuenta, aspiran a tener experiencias más allá  de los límites que les impone su cuerpo. Los maduros andan presos de adolescencia prolongada, o de la inquietud de no poder encontrar el equilibrio que todo ser precisa; como si hubieran desperdiciado el tiempo, o no pudieran llegar ya, y mientras tanto se consumen en olvidos o banalidades intrascendentes. Y los mayores se comportan como viejos a quienes les falta tiempo, en lugar de hacerlo como ancianos que lo tienen en sí mismo fruto de la experiencia, y les hace servir de ejemplo.

¿Que nos queda?: a mi parecer, adecuarse a la vida, ser conscientes en cada momento de lo que se es; y en última instancia, no como algo impuesto, sino como una actitud ante ella, conformarse. 


JMC




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