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EL MUSEO COBRA VIDA

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RECUERDOS PRESTADOS . PREMIO ESPECIAL 140 ANIVERSARIO. CASINO OBRERO DE BÉJAR A MARINA HERNÁNDEZ.

 



RECUERDOS PRESTADOS

Por Marina Hernandez. Ganadora del primer premio.

 

 

Cuando el coche de línea partió de la dársena número 12, sentí un estremecimiento por todo el cuerpo. ¡No había vuelta atrás!  Mi abuelo me llamaba cada vez con más insistencia. No podía hacerme el desentendido como en otras ocasiones. Tenía que ser ahora, este año.  

Aprovechando las vacaciones de verano y algún dinero sobrante del curso, partí para Béjar, ciudad “… que puso Dios en la orilla del desierto de Castilla y el erial de Extremadura”, según recitaba mi abuelo, imitando la voz del poeta Gabriel y Galán cuando declamaba sus versos en los Juegos Florales, juegos que tenía la buena costumbre de ganar ¡Cómo le gustaba su poesía!   Siempre intentando que les llegase a sus alumnos, raro era el curso en el que no les pedía un trabajo sobre tan ilustre vecino.

Béjar y el abuelo, el abuelo y Béjar, ciudad donde nació en una fría madrugada del 5 de enero en la calle “Trascorrales”, calle que yo debía encontrar, pasear, saborear. 

La comadrona no quería ni asomar la nariz lejos de su protector brasero de cisco, fue obligada a salir a la intemperie para atender el parto, por lo que iba rezongando: “- ¡Vaya unas horas, por Dios bendito, esta criatura…vaya unas horas, con lo largo que es el día!” Al menos eso refería mi abuelo, quien, por supuesto, lo sabía todo de muy buena tinta.

Aún tardaríamos varias horas en llegar a Béjar, el madrugón había sido considerable. Aprovechando el silencio de los demás pasajeros, que debían pensar lo mismo, cerré los ojos e intenté dormitar, no dormir, nunca he podido dormir del todo mecido por el vaivén de la carretera. 

Mi duermevela fue densa, llena de sombras, figuras difuminadas saliendo de portales sin dueño, no había nombre en las calles, solo podía orientarme por la forja de los balcones señalando un camino desconocido, mientras los visillos de blondas tejidas por manos nudosas, apenas me descubrían las luminosas risas de unas damiselas agitadas, cuchicheando en amena conversación, mezclando el nombre de mi abuelo con el mío.

Desperté sobresaltado cuando una niña explotó una pompa de chicle cerca de mi cara. Contra todo pronóstico, ¡me había quedado profundamente dormido!

Miré el reloj. Ante mi sorpresa habían transcurrido casi dos horas desde que comenzamos el viaje.  Los mil verdes del norte de España iban poco a poco cediendo su lugar a unos preciosos ocres, cientos de amarillos, de algunos sembrados, ya escasos. Se había recogido el cereal y las campiñas, llenas de rastrojos, hablaban de una buena cosecha. Algunas máquinas, paradas en merecido descanso, esperaban otras tierras, otros sembrados. 

Por la ventanilla del autobús se colaba la belleza de los paisajes castellanos, tan diferentes a los nuestros alimentados constantemente por un agua generosa y un sol benigno que no reseca tierras ni demanda oraciones. 

 

En Béjar me encontré una luz intensa, unos verdes como los de mi norte querido. Olía como en casa. Después del café reparador, con la única compañía de mi mochila, el primer pensamiento fue buscar la calle “Trascorrales”, al parecer, era larga, sinuosa y, claro está, llena de corrales. 

Para mi asombro, Béjar no era el pueblo pequeño que yo esperaba, sino una ciudad cálida, acogedora, a la que iba reconociendo en cada paso, en cada momento, en el aire que, con alivio, refrescaba mi cara. Muchas cosas habían cambiado desde que mi abuelo emigraraPartió, con dolor en el corazón, pensando en prosperar. Prosperó, pero su alma siempre estuvo enferma de nostalgia por su pequeña Patria, alejada en el espacio, que no en el sentimiento.

Lo mejor para encontrar es preguntar. Mi abuelo decía que las gentes de Béjar no te indican, te acompañan. Fue tan verdad, que ni me atreví a sorprenderme. 

Atravesando el parque, vi a un señor como de unos 70 años, tranquilo, reposado, paseando sus propios pasos. Me acerqué todo lo suavemente que pude, esperando   no recelase de un joven desconocido, con olor a coche de línea, de ojos cansados e ilusionados. No pude por menos que sonreír para mis adentros, cuando se ofreció a acompañarme, al menos, hasta la entrada de lo que él creía, sería la calle en cuestión. En realidad, estaba muy cerca, solamente tuvimos que salir del parque y atravesar, lo que parecía una especie de plaza pequeña. El bejarano me señaló una calle en cuesta que subía, para luego bajar hacia la parte central de la ciudad.



 

• Mire usted, suba por esta calle peatonal, se abrirán dos caminos, coja el de la derecha y verá otros dos, pues esta vez a la izquierda. Si la memoria no me engaña, se llamaba Trascorrales lo que hoy es la calle Miguel de Unamuno. ¡Ah! Luego vuelva otra vez, porque a la izquierda tiene la calle Mayor y ésa sí debe pasearla usted.

    Obedeciendo a mi buen samaritano, emprendí el camino hacia los recuerdos más especiales de mi vida, una buena excusa para crecer con la memoria de mi abuelo.

    No vi corrales, tampoco me chocó demasiado, sabía que estaban de puertas para adentro. La calle guardaba todo el sabor de mi recuerdo, del recuerdo atrapado por las historias de Julián, el abuelo bejarano que me regaló su ciudad natal.  

Bebí agua en un caño de piedra que te invitaba con salpicaduras cantarinas y claros reflejos, por fuerza tenía que estar rica. Aproveché esos minutos de sed calmada   para tomar aliento y terminar la cuesta, porque este Béjar bendito, sube, baja y marea la cabeza, agotando el corazón.

Algo apartada, la Iglesia, llamada de San Juan, me dio asiento y cobijo para restaurar mi agitada respiración, ahora, más por excitación que por cansancio. El callejero cumplía su función, situándome donde debía, ayudando a mis recuerdos que, al no ser propios, se diluían con facilidad.

Recordé las palabras de mi buen samaritano: tienes que recorrer la Calle Mayor, aunque, me tentaba la idea de meterme por las callejuelas, perderme, sentir que mi abuelo me guiaba, volví sobre mis pasos, descubriendo ahora, puertas y ventanales que pasaron antes desapercibidos.

Pronto me encontré de frente con el principio de una calle vivida y reconocida, por la que había paseado cogido de la mano de mi querido abuelo cuando apenas comenzaba a andar, cuando era demasiado pequeño para recordarlo, pero me acordaba, ¡claro que me acordaba! En contra de todos los estudios científicos que pudieran decir otra cosa. Yo, me acordaba

La gente me miraba con cierta curiosidad, parado al inicio de la calle, acechando el interior, escudriñando, buscando, sin atreverme a dar el primer paso, debieron pensar que andaba perdido. En el fondo así era, me faltaba la mano firme de mi abuelo sujetando la mía, su calor, la seguridad de esa piel rugosa y amada transmitiéndome la calidez que todos necesitamos para engancharnos a la vida.

Cuando por fin di el primer paso para entrar en esa larga y preciosa calle, hice memoria; tres tramos, todos nombrados en Mayor: Mayor de Reinoso, Mayor de Sánchez Ocaña y Mayor de Pardiñas, terminando en una hermosa plaza, con un castillo al fondo, convertido en Instituto hacía ya muchos años… pero esa es otra historia. 

Tomé aliento, ¡Vamos allá! Mi respiración era anhelante, sabía bien lo que me iba a encontrar en pocos pasos. Vería el imponente edificio del Casino Obrero; erguido, orgulloso, con unos enormes ventanales vigilando el exterior, cautivando con su promesa interior. 

Mis pasos se hacían cada vez más rápidos, sentí que la sonrisa del viejo Julián estaría esperando en la puerta… Entonces, me llegó aquel aroma a pasado, presente, añoranza y desconcierto. Un aire a naipe, a café y copa, a murmullo escondido detrás del humo de los cigarrillos. Con cada paso el olor se hacía más fuerte, más complejo: a libro viejo, a papel amarillento teñido por los años, a pasado reciente, a futuro cercano y, sobre todo, a presente vivo.

Allí estaba, el Casino, haciendo esquina con un monte perfecto. ¡Cuántas veces me hablómi Julián de los colores de su monte, de esas formas recortadas en el cielo que te impregnan la memoria de verde hoja para siempre! Al bajar la mirada y la empinada cuesta, te recibe un pequeño parque infantil, llamado “El Murallón”, donde mi abuelo iba a jugar de chico, también a coger moras, arrancando a la vez las hojas más tiernas para sus gusanos de seda. Moreras que no han resistido el paso del tiempo ni la modernidad de las ciudades.

Los balcones de la fachada miraban mi inquietud y se reían, las puertas entreabiertas me hacían guiños, susurrando promesas de secretos escondidos. No era mi intención resistirme. El bar estaba extrañamente cerrado, ya preguntaría el por qué, no me cuadraba este hecho un tanto insólito, mi abuelo se hubiera disgustado mucho al verlo así, él era muy de su café con un vasito de agua mientras jugaba a las cartas. Fui directo al salón. Desde la puerta reconocí cada rincón: el perchero, el piano, aunque creí que estaría en el primer piso, no sé, quizá la memoria le fallara. También vi los billares, al fondo, escuché el sonido nacarado de sus bolas al chocar. Me disponía a bajar las escaleras cuando me di cuenta que en la escena faltaba algo importante, algo estropeaba el cuadro de mi memoria Cerré los ojos para ver en los de mi abuelo, su Casino, su salón. No pude controlar la risa, ¡faltaba el humo del tabaco!  Siempre presente, una nube gris que protegía el ocio y el juego en una bruma misteriosa donde los más pequeños deseábamos entrar. 

Caminé hasta la galería, tocando las mesas de mármol, notando cómo algunos jugadores me miraban intrigados y un tanto molestos. Al llegar al fondo del mismo, pude asomarme a un balcón de piedra, adornado con columnas bien talladas por la mano de un joven Mateo Hernández con ganas de perpetuarse en su ciudad. Casi sin mirar, por no ofender, observé divertido, cómo dos parroquianos fumaban disimuladamente sus cigarrillos hacía el Murallón, donde los más pequeños gritaban y jugaban vigilados por sus madres.



Cuando volví al interior del salón, me encontré a la derecha la gran escalera de madera. La historia se desató en una loca sucesión de imágenes que tuve que frenar. Me di cuenta que no podía estar allí en ese momento, ese testimonio tenía que vivirlo de otra manera… necesitaba un plan.

Un poco mareado, recorrí la parte superior del edificio, entré en la biblioteca, donde casi me pierdo en la ilusión de pasos arrastrados en maderas añosasque urdieron un paisaje tejido en mil colores. 

Volví a la realidad con gran esfuerzo. Pregunté por los horarios del Casino, así supe que el conserje cerraba todas las puertas sobre las 10 de la noche. Tenía tiempo suficiente para terminar el paseo por la Calle Mayor, aún me faltaban dos tramos, al llegar a la Plaza cenar en cualquier sitio, volver y realizar mi plan. Sentir para mi abuelo una última vez. 

Yo no sé si realmente los bejaranos aprecian esta Calle hermosa y señorial. Pasan por ella demasiado rápido, van a sus compras, a sus cosas, sin mirar portales ni balcones, sin sentir la huella del pasado, aunque, seguramente, ya la han respirado tanto que la llevan impresa en el alma.

Di los primeros pasos por el tramo de Sánchez Ocaña con la inercia del que sabe dónde va, del que reconoce las pisadas, sus ecos, de quien mira descubriendo un pasado ilustre. Casas antiguas, nobles, en piedra y forja. 

Como si de un río se tratara, en la margen izquierda, reconozco estas residencias de familias industriales, buenas moradas, con sol y vistas a un monte que casi siento mío, con preciosos jardines, galerías soñadas de columnas en piedra. En el margen derecho, hogares laboriosos de gentes que saben sacar de las mismas entrañas de la lana, el espíritu del mejor paño. 

En las balconadas, miradores de forja, que las gentes del norte cambiamos por madera. Filigranas de un hierro vencido, no en su fuerza, ni en su esplendor, sí en su belleza. Plantas, geranios rojos, incitando al paseante a mirar, descubrir una curiosidad más; la peculiar forma de ventanas y contraventanas, esta vez en madera, permitiendo a sus habitantes descansar unos momentos sin la claridad del sol.

Poco a poco llegué a un pórtico que recordé de inmediato: Los portales de Pizarro; caminé por debajo sintiendo que, también allí, mi abuelo me había dado la mano. Casi al final de los mismos, llamó mi atención una luz especial que me hizo volver la vista a la izquierda. Allí estaba de nuevo, el monte, ese trozo de Béjar junto al cielo, tan presente en el carácter de sus gentes; serio pero acogedor, disciplinado, cumplidor. 

Un olorcillo apetitoso en el aire, hizo que mi estómago crujiera como madera vieja, tenía que   encontrar un sitio para cenar. 

Al final de la calle, se abría una preciosa plaza en la que, además de monumentos interesantísimos, como la Iglesia del Salvador o el Palacio Ducal, que visitaría al día siguiente con calma, había algunos bares en los que podría cenar ”tapeando”, algo que estaba deseando probar.

A las 9’45 me colé en el Casino Obrero; digo colé ya que no me vio nadie, también, porque mis intenciones eran pasar allí la noche. Sí, no me había vuelto loco. Necesitaba la soledad de las sombras para recuperar la vida de mi abuelo, de tantos socios que, como él, se marcharon de Béjar añorando un Ateneo que nunca volverían a encontrar. 

Entré en la biblioteca, donde apenas quedaban dos personas, pasé a la sala de Internet, que estaba desierta, buscando un posible refugio. Lo encontré detrás de unos biombos que ocultaban unas pequeñas butacas, convirtiéndose así en el lugar perfecto para silenciar mi respiración, ya jadeante, por la locura que estaba a punto de cometer. 

El conserje llegó. Miró. No vio nada extraño y apagó las luces. Segundos después sonaba la llave en la cerradura. No había vuelta atrás, estaba dentro y dentro me quedaría hasta las 10 de la mañana cuando abrieran de nuevo el Ateneo.

No pude forzar la puerta que comunicaba la nueva sala con la biblioteca, era demasiado sólida, por lo que, con pesar acepté que esa parte no podría recordarla como yo esperaba. No podría evocar a mi abuelo, sentado en las sillas, con el periódico en la mano, perdiendo, de vez en cuando la mirada en los miles de verdes, ocres, rojos y amarillos que se meten por la retina con cada estación, saboreando la lectura del Marca, poniéndose nervioso porque algún socio cogía los periódicos de dos en dos. Tendría que volver.

Plan B. La puerta que da al pasillo. No era difícil sacar los pestillos y abrirla, casi un juego de niños. Algo más de lata me dio la puerta del pasillo, que pesada y quejosa pretendía encerrar mi imaginación en ese angosto corredor crujiente de madera mal colocada. Se abrió, vencieron mis mañas y mis ganas. La insensatez, por testaruda, volvió a salirse con la suya.

Me tentaba el desván, pero no quería tristezas, sólo la melancolía tendría cabida en la noche fantasmal de mis recuerdos, recuerdos prestados.

Bajé inmediatamente al salón, lugar de conferencias, bailes, juegos, representaciones, cánticos. Todo lo que la cultura y el ocio podían ofrecer. 

Sentado en las escaleras de incierta balaustrada, rememoré los bailes. La música llegaba nítida a mis oídos. El sonido de las faldas de las muchachas, sus risas nerviosas: ¿Me sacará a bailar, no me sacará? Las toses de las madres, acompañando la virtud de sus hijas. Por encima de todo ello, el run-run de los pasos de baile sobre el mismo suelo en el que yo clavaba mis ojos, viendo nítidamente cómo salía el polvo de las pisadas; fuertes con el tango, suaves con las melodías de amor…

Ahora suena una guitarra espabilando la ensoñación. La sonrisa se dibuja en mi rostro; es Andrés Segovia acompañando la alegría de un pueblo tocado por la suerte, con los sones de la Lotería Nacional. A mi abuelo también le tocó lo que él llamaba “un pellizquito”. Con su embrujo, bajo la escalera, me siento en uno de los divanes, estos divanes nuevos, cómodos, amplios, que hubieran hecho las delicias de aquellos socios. Estoy seguro que acogen más de una y más de dos “cabezaditas” de los parroquianos.

Los conferenciantes se suceden uno tras otros; los que fueron antes, los que estuvieron durante, tantos como habrán sido después de mi querido abuelo.  Me habló de todos y de cada uno:

• Sí hijo, sí, aunque no te lo creas Unamuno vino al Casino y, por cierto, armó una buena revolución. Camilo José Cela también nos visitó, con su lirismo y su sorna, que ambas tuvieron cabida en el Ateneo, bien que nos lo hizo pasar. También recuerdo a José Luís Majada, buen amigo, buen compañero, magnífico escritor. José Hierro, con sus poesías siempre a cuestas, pesándole el alma de tantas como traía. Otro José, pero esta vez Sacristán, quien actuando se mostró a sí mismo a través de sus personajes. Matías Prat, reconocido comentarista, habló por su boca y por las demás. ¡Tantos, hijo mío, tantos! Entonces perdía la mirada. Seguramente por su cabeza desfilaban cada una de las conferencias y actos que en el salón del Casino habían sido.

De nuevo los aplausos me despiertan. Están entregando los premios literarios: poetas, narradores, productores de cuentos y de historias, amantes de las letras, más de 50 temas, diferentes sonidos, distintos sones. Todos los premiados llevan su imaginación impresa en un pequeño libro real: para tocar, leer, regalar.

Necesito respirar el aire fresco de la noche, no puedo con tanta memoria encontrada. En un momento estoy delante de la galería. Abro una de sus puertas; este aire tan bejarano, estival y frío, me devuelve un poco de la razón casi perdida. 

La calle está desierta, no sé qué hora es, hace mucho rato me di cuenta que mi reloj se había parado, seguramente, por solidaridad con el tiempo pasado.  Estaba muy cansado, los divanes presagiaban un lugar confortable donde encontrar mi sueño. Al cerrar los ojos, casi coincidiendo con esa luz crisálida del comienzo del día, vi a mi abuelo Julián, sonriendo, satisfecho. 

Mi último pensamiento entre divertido y preocupado, fue para la persona que me encontrase a la mañana siguiente.



Marina Hernández Martín. 

 

LIV Concurso Literario Casino Obrero de Béjar 2022

Premio Especial 140 Aniversario

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