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MERECIDA DESPEDIDA A JULIO ANGUITA POR MARIA JESÚS SÁNCHEZ OLIVA.

Julio Anguita:

Disculpe que encabece estas líneas con su nombre y apellido simplemente. No es falta de respeto, ni mucho menos, es que a usted la política no consiguió endiosarlo. Cuando dejó la política activa, por razones de salud, volvió a su trabajo de profesor, vivió siempre en el mismo piso y tras más de ocho años de parlamentario renunció a su pensión de jubilación como exdiputado y recibió la de maestro de escuela, que está a mucha distancia de la otra. Y supongo que le gustará ser tratado como lo que siempre quiso ser: una persona responsable.

La noticia de su muerte nos llegó el pasado sábado 16 de mayo. Se produjo en el hospital reina Sofía de Córdoba, ciudad de la que fue alcalde hace más de cuarenta años. Estábamos en plena pandemia del coronavirus maldito. Era sabido que su corazón andaba maltrecho, pero ¿no lo habrán empujado a dejar de latir los despropósitos de sus colegas políticos…? Parecen empeñados en hacer lo que el coronavirus: acabar con nosotros de un modo u otro. Tanto los diestros como los siniestros se apresuraron a enviar mensajes de pésame a su familia y lo más curioso: tanto los diestros como los siniestros coincidieron en que era usted un político honesto, justo, coherente. O sea, que saben que existen estas cualidades, pero no las practican. Dudo pues que estos mensajes de reconocimiento le hayan alegrado.

Lo que sí le habrá alegrado ver camino de las estrellas habrán sido los gestos de cariño, de respeto y de gratitud de los cordobeses. El estado de alarma no les ha permitido desfilar ante su ataúd para decirle adiós, pero corrieron a las puertas del ayuntamiento donde se instaló la capilla ardiente, dejaron sus mensajes virtuales en el libro de condolencias que el consistorio puso a su disposición, y a su paso, camino del cementerio, se abrieron los balcones para despedirlo con un generoso aplauso. Seguro que desde la estrella que le hayan asignado para que descanse como merece ya habrá oído las voces que se alzan pidiendo que no se qué calle por la que usted paseaba pase a llamarse de Julio Anguita. Esperamos que así sea. 

Los españoles de a pie, además de por el respeto que nos dispensó en todo momento, lo recordaremos siempre por lo siguiente:

Su hijo, Julio Anguita Parrado, estudió periodismo e hizo un curso de corresponsal de guerra en Quantico (Virginia, EE. UU.) organizado por El Pentágono. Fue a trabajar como corresponsal de guerra a Irak, a donde se trasladó el 21 de marzo de 2003 junto con la 3.ª División de Infantería del Ejército estadounidense. El 7 de abril, ya en Bagdad, le alcanzó un misil ocasionándole la muerte. Tras ser repatriado, fue enterrado en su ciudad natal el 16 de abril de 2003. 

Usted, por entonces excoordinador general de Izquierda Unida, recibió la noticia de su muerte cuando iba a intervenir en un acto organizado por la Unidad Cívica Republicana en el Teatro Federico García Lorca de Getafe (Madrid). En aquel momento, sin ocultar las lágrimas de rabia y de otros sentimientos que no se pueden expresar, subió al estrado y dijo:  

Mi hijo mayor, de 32 años, acaba de morir cumpliendo sus obligaciones de corresponsal de guerra. Hace veinte días estuvo conmigo y me dijo que quería ir a la primera línea. Los que han leído sus crónicas saben que era un hombre muy abierto y buen periodista. Ha cumplido con su deber y yo por tanto voy a dirigir la palabra para cumplir con el mío. Ha sido un misil iraquí, pero es igual, lo único que puedo decir es que vendré en otra ocasión y seguiré combatiendo por la tercera república. Malditas sean las guerras y los canallas que las hacen.

Esta frase ha quedado en España como una expresión antibélica. Felicidades. Ya era hora de que un gobernante se atreviera a maldecir públicamente a los canallas que las hacen, porque las guerras no son un virus, ni un terremoto, ni un accidente, son una matanza de seres inocentes que alguien organiza. 

Descanse en paz.

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